HAIKUENTOS
 

 

 



· Naturaleza 
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Conjuro  
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A punto  

 

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A Punto


El Centro Comercial había quedado en penumbra debido al desperfecto del generador eléctrico. Todos se abalanzaban hacia las puertas de salida, y yo me escabullí hacia la azotea, alegre por esta inesperada oportunidad que me brindaba el azar. Tenso, pero a gusto, me acomodé aprovechando el reflejo parpadeante de los semáforos y de las farolas de la calle que seccionaban el espacio en redondeles claros y conos de sombra, lo que me permitía ver sin ser visto. Gracias a la dedicación minuciosa y detallista que caracteriza mi mirada, divisé el azul del pequeño escudo en el bolsillo de una chaqueta de jean recortándose nítido; me encantaba la combinación que se producía con los botones metálicos, fulgurantes, emitiendo destellos. Ni hablar del gozo que enseguida empezó a producirme el flameo de la bufanda negra que iba y venía sobre el sweater azafrán de la chica con boina. Me recordaba a los colibríes posándose sobre un naranjo. Los colibríes son bonitos, pero inquietan. Cuando se alejan de las naranjas, siguen temblando, temblando, hasta que quedan inmóviles como estatuas. La que me resultaba deliciosa era la hilera de tachas plateadas de las botas vaqueras del muchacho, que parecía una faja de bailarina del vientre, pero vertical. El haz luminoso de las farolas les daba oblicuo, y hacían juego, casi adrede, con los brazaletes sado, titilando al ritmo de la luz del semáforo. En verdad que se llevan mucho los tatuajes en el cuello. Qué impresionante ese frondoso árbol trepando hasta la mejilla, impulsado por los movimientos de cabeza que hacían mover el follaje, con tintes flúo fulgurante. Tengo a los cuatro en la mira; le gano al verde del semáforo, y al generador del centro comercial.

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Conjuro

El viento se había desmandado haciendo remolinos con los residuos repartidos en los bordes de la calle en el momento en que estaba por poner la bolsa en el cesto.
-¡No saques la basura a esta hora, que no pasa el recolector! El ladrido del guardia en medio del viento me hizo trastabillar. La bolsa de McDonalds repleta de las trizas de las fotografías se me soltó de la mano; al dar contra el cordón de la acera se empezaron a esparcir los pedacitos de fotos.

Todas las veces acabo haciendo lío con las bolsas: O no las amarro como se debe, o incluso termino rompiendo las buenas, las de papel de regalo, con moños y todo, porque me pongo ansioso y quiero ver enseguida qué me trajeron.
-¿No ves que la podríamos haber usado para envolver otro regalo? –me reprenden siempre.
- ¡Junta todo ya mismo y éntralo hasta la hora del camión!, -me espetó el perro guardián. El grito acompañaba la cara de mi tío Ramón que comenzaba a girar en el aire como un helicóptero, lo mismo que el pie de mamá, y el cuello con corbata del abuelo, mientras el guardia me miraba con odio. En ese momento las rodillas gordas, feas, de Elvira, se le estamparon en la frente y las alpargatas de la cretina de Celia le dieron justo en la cremallera de la bragueta. Empecé a correr detrás del busto incipiente de Teresita que se estaba metiendo entre los barrotes del escaparate. No me daban las manos y el guardia alzaba los puños en dirección a mí. ¡Joder! Juro que es la última vez que le hago caso a Doña Amelia: La próxima, en vez trozar fotos, meto papelitos con los nombres de todos en el freezer.

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Naturaleza

-¿La viste?, -¿Viste en lo que se convirtió?

La abrazo para repartir el sollozo entre mis costillas, las solapas de su abrigo, su brazos sosteniéndome como si yo fuera el deudo principal.

-Todavía no la he visto, pero me acuerdo del año pasado, de ese día en que iba a buscarte. Saliste al porche con la mano en alto: -mirá que ya no es la misma de antes, la que conociste.

Cuando entré a la casa, estaba sentada de pie frente a la ventana. Dos palmos más pequeña que mi propio recuerdo; tuve que inclinarme para besarla en la mejilla.

-Andá, mirá, fijate.

El recuerdo me transporta hacia atrás. Su casa, la enredadera, los higos cuello-de-dama que guardaba los marzos para mí. Su mirada huidiza, avergonzada por mi mirada de amor. Luego las naranjas japonesas, que cosechaba para los almíbares destinados a mí, a nosotros.

-¿Viste? -no es la misma.

No, no es la misma que me arrullaba en silencio, que me dejaba entrar en las tormentas, si yo ya no tenía padres, hermanos, hogar.

Ahora la alzaría como ella alzaba a mi hijo recién nacido, para devolverle la compañía.

-Llegué tarde, digo. -Mejor, dice -Despedímela, le digo

Y vuelvo a casa, para otra vez no dormir.

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