PRENSA


 

 

 

09/10/07
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REFLEXIONES DE UN SOBREVIVIENTE
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Comentario de Silvia N. Barei

Ahora que Nietzsche ha decretado la muerte de Dios
Y que Dios ha proclamado la muerte de Nietzsche

Qué nos queda a nosotros
A los que no somos ni dioses ni profetas

Qué nos queda a los que no anunciamos la muerte de nadie
Y nos conformamos con vivir la vida

El ocaso de los dioses o el ocaso de los poetas
Nos tiene sin cuidado.

Lo que nos preocupa es la noche que nos rodea.

(Oscar Hahn; Obra poética)


Reflexiones de un sobreviviente, el nombre del poema de Oscar Hahn, tal vez sea también un título legible en palimpsesto de este libro de Susana Romano. Procedimiento. Memoria de La Perla y La ribera.
Sobrevivientes que toman la palabra –en este texto que no es  ni una novela, ni un poema, ni una obra de teatro, ni un ensayo, un una elegía, ni una biografía, ni una letanía y que es todo también- para decir la palabra de otros cuya vida no alcanzó ni siquiera para un balbuceo quebrado por la sobrevida.

“Vimos cuerpos que no hay que ver, había tierra en ellos
Oímos voces que no hay que oír, había tierra en ellas…
Tocamos miembros que no hay que tocar, había tierra en ellos”

Errabundos, nauseabundos, moribundos los cuerpos de las mujeres presas en los campos de concentración de la dictadura, yerran entre las palabras del libro y diseñan un recorrido errático en el que el dolor es lo único que deja rastros, desfigura rostros y señala nombres que no dicen nunca la identidad.. El “procedimiento” sobre los cuerpos vuelve a ser dicho por los “procedimientos” de la retórica: uno tiene potencia de muerte; el otro, potencia de vida. Porque el lenguaje que dice, que puede decir todavía, es siempre un lenguaje que apunta a quebrar la noche.
Lo dice el poema que acabo de leer: “El ocaso de los dioses o el ocaso de los poetas/nos tiene sin cuidado.// Lo que nos preocupa es la noche que nos rodea”
Porque hay algo que aún pena cada noche en los descampados de La Perla y La Ribera, huellas que no han podido ser borradas, voces que la muerte sigue bebiendo de las manos de los asesinos sueltos, cuerpos opacos multiplicados infinidad de veces por el requiebro amoroso de la memoria.
Tal vez para ahuyentar los espectros o para convocarlos,  para conjurar un gentío de ánimas que reclaman justicia y nunca más, en nombre de todos, alguien busca una hoja en blanco y se pone a escribir.
Acaso, como dice Homero, los dioses han enviado las desgracias a los mortales para que estos puedan relatarlas y en ese relato encuentren su infinito recurso, es decir, encuentren las voces que no quieren callarse.
Pero no se pueden referir estos hechos como un relato más; no se puede convertir en acontecimiento lo que desborda el orden de las cosas del mundo; no se puede escribir el recuerdo de la desesperación. La palabra no funciona sola, ni por sí misma, ni es un concepto, ni un defecto. Ante lo inenarrable, la palabra queda desplazada, quebrada, flotante. 
Escribir es entonces, situarse en el borde de toda ley del género, tratando de decir hechos que se hacen impronunciables, en un lenguaje librado a su suerte, realizado bajo la sospecha radical de que no hay posibilidad alguna para el sentido.  Para Elia Canetti la narración de la muerte es la narración de las palabras desplazadas que vienen de otro lado pero repercuten en éste: el lado de los que quedaron para hacerse cargo de una narración imposible.
Escribir desde los muertos  sabiendo que el derrumbe de los cuerpos,  las marcas en el cuello,  la piel adherida a los muros, son de todos. Y que todo enunciado nace defectuoso cuando se quiere nombrar lo que no tiene nombre: por ello el texto obvia el sustantivo propio,  escatima el pronombre,  oscila deícticamente entre el acá y el allá, entre el Holocausto y la dictadura,  entre el esto y el aquello, entre la muerte y la pulsión irrefrenable de la vida: “Prefiero esto, esta mugre y no morir, esta pena y no morir, este chamusco y no morir” dice una de las voces.
Este lenguaje estremecido por el temor de las víctimas, por el infortunio ilimitado,  lucha por desclausurar lo que ha quedado cancelado y por pensar las preguntas que importan. La carencia, desde el punto de vista del código gramatical, devine estéticamente productiva: la modalidad del arte vuelve a proponer una mirada insumisa sobre el contexto histórico y pone en crisis al sujeto gramatical cuya ausencia no es una debilidad sino una puesta en escena de la mortandad de los nombres. Y más allá de los nombres, los cuerpos, la experiencia sensible, el fondo vital que asfixia a los sujetos reales.
 
“Si no existieran cosas así –escribe Marguerite Durás- la escritura no existiría. Porque aunque la escritura esté allí, dispuesta a aullar, a llorar, no se la escribe. Son emociones de esta índole, muy sutiles, muy profundas, muy carnales, también esenciales y completamente imprevisibles, las que pueden anidar vidas enteras en el cuerpo. Eso es la escritura. Es el tren de la escritura que pasa por vuestro cuerpo. Lo atraviesa. De ahí es de donde se parte para hablar de esas emociones difíciles de expresar, tan extrañas y que sin embargo, se apoderan de ti”

 Lo que se vuelve quebradizo en la palabra quiebra también todos los tiempos del relato: no se sabe en qué día se vive, si ayer fue hoy, si mañana será como ayer, si caben las múltiples versiones del antepenúltimo día,  del día cientoseis en su crepúsculo, o del primer día o si estamos en la víspera en que comienza la pesadilla: “Total hoy, mañana, dentro de dos meses, siempre se termina cantando. Contá cómo hicieron con bombas y petardos…”

Desde el tiempo presente, esta escritura se alza como artefacto capaz de resguardar del olvido a los sin nombre, venciendo –como dice el texto-, las “ansias de desmemoria que se plantan en nosotros”. Y resguardando a la vez “tesoros de memoria, retazos ofrecidos de claves necesarias para reconstruir”.

“Recojan testimonios guardando y aguantando; acopien adentro de trincheras repletas de restos, colmadas de despojos, también llenas de trazos y huellas para otros que vendrán y excavarán y buscarán…”

Pensada desde los escombros, como quería Benjamín, la Historia se hace acumulando ruinas sobre ruinas y diseñando nuevos imaginarios del miedo.
Pero pensada desde  el arte, desde la metáfora de la trinchera, de lo que puede excavarse para resistir,  desde la tenacidad de la memoria o desde la desdicha de la Historia,  podemos asirnos al borde de una palabra que, recreada por la imaginación estética,  pone en entredicho las verdades sentenciosas, las nociones construidas acerca del bien y del mal, los embates del miedo. El miedo como pasión que nos muestra la cara oculta de nosotros mismos; también el miedo como com-pasión que nos enfrenta a los ojos desorbitados del otro, ocultando papeles ensangrentados que permitan, en tiempos futuros, reconstruir de nuevo las historias de cada uno.
 “Que nos queda a  los que no somos ni dioses ni profetas”, a los que seguimos deambulando por calles y ciudades donde se confunden cultura y barbarie,  qué nos queda a los que “no anunciamos la muerte de nadie” –como dice el poema- y nos conformamos con escribir la vida de todos los días.
Tal vez sea necesario remarcar que desde una  posición política, el texto señala metafóricamente que nos queda el imperativo de la rehabilitación permanente de la condición humana  y de las posibilidades de la creación: la política de lo intimo que se atisba, se deja entrever en la palabra  poética y la doble apertura de centramiento y descentramiento que  exige un ejercicio radical de recuperación de lo que se vive y se duele del mundo.
Simona Weil (ella también víctima de un campo de concentración nazi) ha dicho que la belleza nos es armonía: es desmembramiento. Porque nos permite pensar los contrarios, puede conducirnos hacia un Logos que, como Eros, no ejerce ni sufre violencia. “Un pensamiento –dice- que no obliga a ningún vencido a soñar el sueño de los vencedores”.

Desde la impulsión del testimonio y por qué no también, desde la necesidad de expulsión de los fantasmas personales y colectivos,  venidos de la oscuridad de tiempos brutales, nos queda  también–porque estamos vivos- la posibilidad de señalar “la noche que nos rodea”,  para  que algún día podamos dar al mundo una, -aunque sea una sola, pero reconfortante- buena nueva

                                                                             Silvia N. Barei                                                                       Septiembre de 2007