POESÍA


 

 

 

El Meridiano
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Alción Editora
Córdoba, 2004

(Segunda edición 2007)

Comentarios
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· Comentario de Américo Ferrari
 
· Comentario de Susana Szwarc  
· Comentario de Jorge Madrazo  
· Comentario de Silvia Barei  
· Comentario sobre el libro  
· Presentación del libro 
· Presentación del libro (Rosario)  
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Comentario de Américo Ferrari


Desde su primer libro de poemas, Verdades como criptas, Susana Romano Sued no ha cesado en su empeño de dar a luz, dar luz a todo lo oscuro que subyace en esa palabra luminosa que es la palabra poética: escriturienta como parturienta Susana hace nacer y renacer el mundo en sus poemas, lo claro y lo oscuro. Oscura es también la palabra poética de Paul Celan, de quien proviene el nombre y el epígrafe de este poemario, El Meridiano. Semejante a una corona, el libro es un solo poema hecho de segmentos, y cada segmento se inicia con el último verso del segmento anterior, y el poema, o el viaje (un solo poema, un solo viaje) progresa regresando por los extramares de la realidad. El barco de este poema es fantasmal, los pasajeros del barco son fantasmales. Quién que es no es fantasmal. Entre ellos bogan Susana Romano Sued y Paul Celan, y con ellos mas de un gran poeta de ayer y de hoy, Kavafis para empezar: “La ciudad va con nosotros”, y sucesivamente –nombrados o aludidos-: Hölderin, Jorge Manrique, Borges, Baudelaire, Miguel Ángel (también fue poeta…),  Teresa de Ávila, Sor Juana, Ezra Pound, Guido Cavalcanti, García Lorca, Maurice Blanchot, Juan Gelman, Joaquín Gianuzzi, y quizá más de uno que no habré recordado.

Susana dice hacia el fin de su poemario a “un idioma que anda debajo del idioma” y que puede ser el idioma de la poesía: “las medidas cortas” del lugar de la poesía: “escritura del desastre” y escritura de los astros, aunque “todavía el Libro que vendría/no ha venido/a este espacio ralo”: pero cada poema que nace nos acerca su advenimiento, nos acerca el “nombre claro”: Encuentran lo que liga/ Lo que lleva al encuentro / Atraviesa los trópicos / El Meridiano”. EL que vendría ya vendrá y cada poema que nace nos conduce a ello: al Meridiano.


Américo Ferrari

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Presentación del libro

Se escribe siempre un mismo/único poema, porque cada uno de nosotros –la frase es de Wallace Stevens- tiene un arco de sensibilidad más allá del cual nada existe. Un mismo poema, vuelto siempre otro en su búsqueda nueva, única. Así es este libro meridiano de la poesía en el que regresan temas de otros libros, la herencia, la memoria, la travesía, la palabra y el nombrar como homenaje, la poesía y los poetas por sobre todo. Un libro destinado, más –si cabe- que otros libros de Susana a la memoria como nuez de la palabra, y a la poesía como forma privilegiada en y de la memoria de los hombres.

Ya su título  El meridiano puede leerse como una declaración de principios y un homenajea la poesía y a los poetas que nos acompañan en la escritura y en la vida. Particularmente a Paul Celan, cuya palabra –podríamos decir- forma parte esencial en la vida de Susana, cuya palabra – podríamos también decir- muchos conocemos por sus traducciones. Homenaje además a Nelly Sachs y a ese meridiano del dolor del que ella habla, del que ellos hablan, y con el que Celan titula su conferencia al recibir el premio Buchner.

Alguna vez usted escribió que entre Estocolmo y París corre el Meridiano del Dolor

Dice Celan en una de sus cartas.

Menos experimental que otros libros de Susana, acaso más desnudo, este meridiano es un libro que trabaja intensamente sobre las correspondencias entre las palabras y está constituido por un único, extenso poema, con puntos de inflexión, leves giros y  repeticiones que funcionan como bisagras.

Esperabas noticias: /Llegan del mar// De los incautos/Que dejaron su tienda /El brasero con ceniza húmeda/El tabaco hirviente // El olor de aldea// Esperabas noticias /del barco// Pero llegaban de la costa caliente y gritona//
Esparcida en la menta

Se trata de un ritmo de avances con ligeros retrocesos, a manera de pequeños encastres que remansan el decir, ofreciéndolo como duelo a la vez que celebración. La ambiguedad es el territorio sobre el que se construyen los caminos del poema que da constancia de la travesía

Te detuvo la ventisca/Que llevaba papeles y hojas/Hasta el desagüe/Es la menor de las brisas// La que barre las palabras las seca y las cuartea// Y pone el pesar en bruto

Travesía de una cultura a otra, de varias lenguas hacia una lengua última, la que alojará el poema, territorio de llegada a las palabras. En esa travesía se recuperan costumbres y labores que han hecho nacer la labor por excelencia: el acto de escribir, porque hay entre todas las faenas una que justifica y condiciona el viaje.

Cuida tu paso// Asordinado// Es la contrapalabra, es la palabra que rasga el alambrado// Y te abrasa la piel// Como una tela áspera// Es la canción que pasa cantando/ Por fuera de la despedida// Es un rasguño de arpilleras// Que olvida el roce del satén

En la utilización de elementos afines a las labores de mano, a la cultura doméstica, se hilan el mundo familiar y la poesía, la genealogía y la estética.

la aspereza de las costumbres/me la han enseñado en línea directa/Mis parientes// Las legumbres no son tan suaves cComo la harina de molienda/Y las raíces se acomodan en el gusto agrio/ Que trae guardado el barco

Entre los trapos/Y los cestos de la travesía/ El olor de las cáscaras de pomelo abrillantado/En los armarios de Damasco/Asoma en las confituras// Y se desmanda

Referencia e instrucciones bordadas al sesgo para esa travesía que es la vida, para ese viaje que es la escritura. De una cultura a otra, de una lengua a otra, de un libro a otro van tejiéndose las vidas de la genealogía.

Oigo  como vienen de fuera los ecos de las voces mezcladas con la palpitación del cuerpo mío. Tengo este cuerpo, y este cuerpo soporta los ecos de afuera, ajenos, y los ecos de dentro, ajenos también por estar atrapados en los muros de la constancia de la lejanía. Palabras dormidas, auscultadas por una memoria, y visitadas furtivamente.

Dice en Vivir en una lengua.

Empuja en la lengua los vocablos de infancia// A veces el ladino/Anida en los costados de un canto vespertino/ Se entona en las cuartetas al abrigo/Entre la ropa oscura // Y la tinta borrada de las cartas

Viene a decir en El meridiano. Ideas e imágenes que se trasladan desde el ensayo a la poesía y viceversa. Ejercicio similar al de la traducción, en tanto actividad que exige entrar en otra cosa, penetrar en lo ajeno, descifrar un mundo, una cultura, un arrastre que fluye por debajo o entremedio de lo dicho. Traducción de un mundo a otro, migración de palabras entrelazadas como una red en un libro intensamente amoroso.

En el umbral de la lengua se alzan las grafías de escritos antiguos, es el hebreo de mis mayores, admonición sobre la palabra y sobre los treinta y seis justos que sostienen el mundo. El hebreo mezclado a los dialectos de la aldea, lejos de la lengua de los asesinos. Residuos, ruinas, vestigios;  el corte en la garganta para la prosodia desconocida.

Dice en Vivir en una lengua

Están en la foto/ Los perfiles y las mandíbulas alineados en el  parecido/ Los ojos de aceituna/ Te hunden la mirada

Dice El Meridiano

El extendido poema que constituye este libro, poema que va hacia un tú y hacia un sí mismo, opera al mismo tiempo como relato, como confesión, como confirmación. A la vez que da cuenta y ajusta cuentas con los ancestros (esos incautos que dejaron su tienda, el brasero con ceniza húmeda, el tabaco hirviente) y los otros antepasados, los ancestros de la poesía: Rilke, Holderlin, Celan, Kavafis, Santa Teresa, Sor Juana, Dickinson, Demitropulus, Giannuzzi....nuestra Livia Hidalgo; la genealogía es extensa y es intensa.

No querés saber nada/ Sólo irte/ Irte a donde vas// Al paseo de los filósofos/ Para que te entierren al costado del Neckar/Ahora que no declamás la elegía/En pena por Diotima// La caminata cansa/Pensar cansa// No sabe el cerebro/

El destino del pie// El destino del pie que te ha llevado//
Al cuarto de pensión del carpintero// Diotima no prestaba los oídos /Para las devociones // El sueño es un opio que nos da descanso// Y nadie te arranca de la frente el sueño triste

De modo que desde Manrique hasta Rodolfo Godino el libro puede ser leído como un homenaje, en la convicción de que la palabra propia y la heredada tejen, para decirlo con sus palabras:

los partes de enlace entre el decir de los poetas, de aquí y de allá, de antes, de ahora, y de después ...la poesía resistiendo la tinta sangre que ordena el mapa, en el esponsal infinito que restaña, prohija, y nos hace hablar entre nosotros.

conviven sin discordia / Las formas del verso y de la prosa/
....alivian la frase de homenaje/La serie de la sangre/Y hacen cantar en las almenas/A un pájaro y a un amante

Hay que cantar/Y cantar de nuevo// Hay que poner las cosas en línea/Con el cantar/En clave //Modular un madrigal y hacer dormir en la frente el sueño triste,

Dice la poeta. Hay que cantar en la travesía, y hay que reconocer el canto de los otros, hay que poner las cosas en línea con el cantar, porque es ahí donde se encuentran el meridiano del dolor y el de la poesía. Un Dolor, como semilla/Un salto ciego que aumenta por la noche.

A veces el hebreo/ Se escapa de mi sueño/Empuja en la lengua los vocablos de infancia/A veces el ladino/Anida en los costados de un canto vespertino/Se entona en las cuartetas al abrigo entre la ropa oscura/Y la tinta borrada de las cartas

El nombre claro/Trenzado al apellido/Y  el apodo/
Se anudan en la  espera/encuentran lo que liga/
Lo que lleva al encuentro

Pese a lo difícil de la travesía, El Meridiano es un libro esperanzado. Tal vez porque el viaje – un viaje hacia el encuentro con las palabras y con los otros- no se hace en soledad, porque se está acompañado en ese hacer por excelencia que es el hacer con las palabras.

 
Te mando algo que puede ayudarte en las pequeñas dudas que nos suelen sobrevenir: es un trozo de corteza de plátano. Se lo toma entre el pulgar y el índice, se lo oprime fuertemente y se piensa en algo bueno. Pero- no puedo ocultártelo- la poesía, al menos la tuya, es una corteza de plátano mucho más  eficaz. Entonces, por favor, vuelve a escribir. Y deja que recorra nuestras manos.
 
Decía Celan en una carta a su amiga en Estocolmo. También nosotros esta noche podemos –en medio de la travesía- abrigarnos con este extenso único poema, este trozo de corteza de plátano para ayudarnos en las dudas que suelen sobrevenir.

También podemos esta noche, como su amiga Nelly, reconocer que somos vulnerables al destello y que acaso también por eso nuestros ojos se abrieron.      

María Teresa Andruetto

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El meridiano: nuestro arca

" Mordedura sinuosa de doble lengua/ húmeda golosina amaneciendo al borde del asunto", nos dice Susana Romano en El corazón constante (I989), Y ahora, después de esas derivas en las intensidades de Escrirurienta, Frida Khalo, Algesia, El diario de las cosas (y más), nos invita a una travesía, nos entrega El meridiano.
Un trastorno íntimo al abrir el libro, al comenzar a leer, porque nos avisa que se trata de eso que nos hace hablar entre nosotros. El nombre del libro y la cita de Celan nos ubican, por un instante, en una época, en la desesperación de una época, en un siglo. Sin embargo, dada la travesía, dada la poesía, estamos aquí y allá, antes ahora y después.
Un trastorno íntimo al seguir leyendo, al llegar "Al país de la mañana y de la tarde", a "eso que nos hace hablar entre nosotros".
A eso que me habla: "Esperabas noticias, llegan del mar..." "Esperabas noticias, llegan del barco", me dicen. Te digo.

Diálogo que fluye entre las voces de los parientes. Los parientes poetas: los que fueron dejando huellas y a la vez hacen a la continuidad del viaje. "Doble lengua húmeda"... Un hablar en la propia lengua. Una lengua que (nunca) es la propia. Doble situación para el que escribe poesía. Dos veces extranjero, dos veces del lado de la reja, del alambrado. Siempre afuera y adentro, bordeando lo que produce la palabra. (Quema de frío, se deshiela, se derrite sobre la página y allí se inscribe, se hace carne de letra.) Estamos en el barco, en el viaje, en la página. Susana Romano enlaza un poema con otro como se enlazan los puertos en la navegación. Pero no hay desembarco si no que seguimos navegando acompañados de otras voces. Y este diálogo múltiple hace que se presente de una manera "agudagrave" la cuestión de la alteridad. El Otro poeta, el Otro lector, el Otro que puede dar sentido a lo que la poeta escribe. La poeta tra duce, recrea, relee, navega entre otras escrituras que se convierten en hitos, clivajes, para continuar la travesía. Y viajamos.
Los trapos, las telas, los géneros se entremezclan. "El río de las congojas" de Libertad (Demitropolus) se narra también en los mares, en el arca de Susana Romano Sued donde hayan refugio los diferentes géneros y hayamos refugio los lectores. En el arca navegamos y en el arca encontramos una y otra vez la letra de Kavafis, de Sor Juana, de Saint John Perse, de Juan Gelman, María Teresa Andruetto, de Maurice Blanchot, y eso, lo ya encontrado por Miguel Ángel en la piedra desves­tida.El barco va dejando su estela, como cada verso que inicia una página y retorna transformado, recreado, traducido, religado en la otra página. Velos nuevos que hay que rasgar, cada vez. Porque "No sabe el cerebro/ el destino del pie". No sabe "el ser humano" hacer pie, pero hay voces, miradas, algo que sale de los cuerpos "traducidos" (eso somos). Recopilaciones que se despliegan (eso somos) y así, las ramificaciones, letras de carne, componen éste (un) poema múltiple que se sostiene en pie por sí mismo. Susana Romano nos habla del "pesar en bruto", "del sueño tris­te". "Del sueño que se hace triste en el idioma que anda debajo del sabido idioma" ¿Cómo leer, interpretar, traducir el sueño, el poema y que se produzca el encuentro entre lenguas? Tal vez atravesando el cuerpo, los cuerpos, para delimitar el cuerpo total de la escritura.

Retorno. A cada verso que insiste, que lleva al otro texto y "raspa la membrana como una tela áspera". Paradoja: la membrana raspa, la membrana cuida el mundo. Insistencia de algunos versos. Mientras olemos los racimos, tocamos el almíbar, miramos al ruiseñor despistado. Es que "no hay carta de vuelo", se nos dice, se nos trata de convencer. Y es que no hay carta de vuelo. Sin embargo, este barco en el que hacemos la travesía, más que un libro de bitácora, es una carta de navegación. Es que la poeta, en este viaje, mientras nos avisa de los peligros ¿de las épocas, del tiempo, "de los rostros llenos de rencor/para el recuerdo de las generaciones futuras"? nos resguarda, nos hace señales, nos da alimento porque si bien "no hay carta de vuelo", nos dice también que en lo más agudo de la tormenta, habrá un ave para tranquilizamos. Y los parientes de lazo tinta-sangre atravesarán los trópicos con Paul Celan y con Susana Romano. Este libro comenzó antes de abrirse, y el hecho de ser esa cosa que se llama humanos, nos pone constantemente en la situación de atravesar meridianos, caminando en la cinta de moebius, como las hormigas en el grabado de M. C. Escher.

Creo que en este recorrido también se trata de manera "agudagrave" la cuestión del amor. No cualquier forma del amor sino ésa que hace al cuerpo con el auxilio de retazos (abrazos) de otros cuerpos (de escritura) y nos da cobijo en esta casa (arca) del lenguaje.
Susana Romano dice en algún lugar de la travesía: "yendo por mar vaya encontrar el meridiano" y al final del recorrido, sin final, me dice, te dice: "yendo por mar encontrarás el meridiano."
(La poeta, que navega en varias lenguas y traduce a Celan, a Rilke, a Trakl, a otros, en El meridiano los hace hablar y los pone en "nuestra propia lengua ajena".Un plus, otro regalo para "las estaciones de lectura")
En esta travesía por el oxímoron , por el desierto de agua, Susana Romano nos ofrece el territorio y lo desterritorializado. Lo finito del mundo y lo infinito de la escritura.
Libro de la diáspora, de lo nómade. Un irse a las otras partes, (unirse a las otras partes) atraer la frase (y estamos juntos por un rato). "Estamos "como siempre, en el fin de los tiempos" avisa Borges y, como en el arca rusa, "destinados a navegar por siempre", a vivir por siempre.
Susana Romano escribe este libro y un paso (no) más allá, "como si hubiese resonado -ahogadamente- una llamada". Libro que me reenvía a un nuevo trayecto (tránsito) de lectura, a querer compartir ese diálogo con otros. El meridiano, éste libro que sí: ha venido.

Revista lote | Censuario de Cúltura | Sanrta Fé | diciembre 2004
POR SUSANA SZWARC

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Presentación del libro en Rosario (2005)
“Partes de enlace”: El Meridiano de Susana Romano

En “Elogio del amor”- film notable de Jean Luc Godard-, varios de los personajes se preguntan, trágicamente, por el destino de lo humano, el lugar de la belleza, y las formas que asume el amor en las distintas etapas de la existencia. Interrogan los lugares, se podría decir, que habrían oficiado como genuinos sitios de resistencia ante los horrores del nazismo, la guerra, y el fracaso del progreso a lo largo del Siglo XX. Hablan a expensas de un estilo atravesado por la melancolía y el fragmentarismo acerca de la fragilidad de la vida que late en los intersticios. Cada vez que ellos dicen que sólo es posible respirar en el arte de amalgamar y dislocar los retazos de la memoria, los textos escritos, el cine una y otra vez confrontado con la pintura, hasta que comprendemos para nuestro bien, que todavía hay poesía como un lánguido, elongado resto.   

En tal sentido, la dimensión fragmentaria de esa película parecería patentizar la existencia del hombre parcializada, un diálogo donde refulge para decirlo con Paul Celan una “hierba, escrita separado. Las piedras, blancas,/ con las sombras de las briznas”

Puesto que los personajes hablan en esa obra, mientras agoniza el día, es decir lo absoluto de la luz, el imperio del sentido, el discurso compulsivo de la ideología en lucha por imponer la hegemonía. Porque esos personajes de Godard estremecen en tanto escriben, dialogan, a no dudarlo, separado: es decir no unifican, no sintetizan, no imponen, simplemente se preguntan  por las grandes cuestiones sin hallar respuesta: sólo encuentran lágrimas, vacío, experiencia absoluta de la extrañeza, caricias ásperas, las más tristes sonrisas. En el marco del homenaje que le ofrece a nuestra insalvable perplejidad, insisten en reclamar el reconomiento del olvido a expensas del cual, por exceso de la violencia padecida, o por mera comodidad,  perdimos la posibilidad de sentirnos genuinos hacedores de la Historia. Y sin embargo dicen que resta la posibilidad de atreverse a ser un sujeto del descuento antes que a perpetuar la trivialización, atravesada, de ahora en más, por una nada estéril impregnada de hastío. Huellas por medio de las cuales, la industria del cine americano  habría anestesiado la posibilidad de custodiar las derivas reales del amor – la pasión, la afección ante el otro, el campo tremendamente generoso del cariño - mientras crea mascaradas de pánico plástico con las que sostener, bajo hipnosis, la fábrica eterna de la guerra y la prohibición de la mirada. Ciertamente, no son partes de guerra sino de amor, los fragmentos del film por medio de los cuales se sostiene la pregunta acerca de los motivos que demandan la irrupción de algún “cambio de aliento”.

Como en aquel film, me atrevería a afirmar, en El Meridiano, último libro de poemas de Susana Romano, la voz humana, es uno de los medios de conmoción esenciales, expuesta a los juegos de descentramiento que genera la constante vascilación entre buscar y ser hallada por las “redondelas” -los círculos imposibles de perfección- del poema, así como también por el paso abierto en la respuesta a un genuino llamado, hasta que los nombres sean, paradójicamente tan claros como las sombras. Un arma despojada de la capacidad ominosa de matar o de excluir, para emplazar en su lugar, el otro gesto de sabiduría siempre serena, “repetir- según puede leerse- el alma/ en cada uno”, cuidar lo esencial del común, el paso, allí donde somos capaces de salir de nosotros mismos, atravesar algún mar, venerar, o volver a habitar el instante por medio del cual  “el arte vuelve de nuevo”

Como cuando nos dejamos arrullar por “el agua de azahar” , y la serie de las especias es cifra reminiscente de la especie, ya se trate del “orégano”, el “sésamo”, y las “almendras” o del “anís que convida a las manos”,  en frases concisas que son del “espacio ralo”, según se nos dice; allí donde sueña desde nosotros y para nosotros el retorno del “Cantar de los Cantares”, las preguntas por las partidas, los modos por los que es posible atravesar un trópico, o trasformar algún límite, a condición de afirmar el acto sensible que funda la poesía como re-creación del suelo natal. “ Se esparce la desnuda mirada por el talle – se lee en “Probando los géneros”-/ La menta, la granada, los cilantros// A tu vista/ Muda el decir tu padre/ Confuso en este idioma...”

Puesto que sin ser absolutamente transparentes, ni absolutamente herméticos los versos de “El Meridiano” se suceden, dan con un modo de acontecer simple, elemental, “se anudan a la espera” cavan la posibilidad de enfatizar su misión en un lugar sagrado, porque ajeno a la religiosidad dogmática y a la fijeza-, donde sea posible o necesario vincular... es decir,  esperar, o re-encontrarse con algo del orden de lo que ya ha sido eficazmente ofrendado.

De allí, también, que sea posible predicar que el conjunto de textos que integran el libro, aparecen hermanados entre sí por la marca de una frase que en la iteración articula la última línea de cada poema con el comienzo del siguiente, conformando el “País de la mañana y de la tarde”. Una suerte de devocionario, diremos, que “anda debajo del sabido idioma” , o “empuja en la lengua los vocablos de la infancia” , hasta la “costa de la lengua ajena”.

Pero ¿ qué es la lengua ajena cuando no hay lengua propia, sino más bien una dulce, áspera, colección de plegarias? un salterio que en los efectos de enlace logrados, como en la transcripción de líneas escritas por otros, anotados en más de una oportunidad, sin comillas,  transforma la contrariedad - la respuesta reactiva que desde siempre genera el poder del Estado o de la autoría-, en dichosa, sobria, austera alabanza.

La última frase de cada poema simultáneamente oficia de umbral del siguiente, corta e inicia el habla por venir, y en ese movimiento no sólo celebra el gesto de hacer un lazo sino que también dibuja una suerte de bajo continuo, por medio del cual, los motivos, esencialmente graves de este libro, conquistan sutileza. Son anudados al tiempo leve porque breve: ciñen, nos interesaría destacar, las napas aladas de la esperanza que como una inagotable, irreprimible reserva, expanden las palabras y las pausas del lenguaje flotando en el aire, en piezas ahuecadas hasta “desvestir la piedra de lo sobrante”.      

Un hacerse, deshacerse, y rehacerse del hilado de la lengua que acontece en el contrapunto indispensable que tiene lugar entre la organicidad textual y las disrupciones que a veces afirman algunas frases, o la transcripción literal que es apropiación y transformación de la otredad del cuerpo de quien escribe y del otro cuerpo textual que antecede  hasta fundirse en el nuevo  poema.

Así, acontece un vínculo tan plural y vigoroso, como frágil: la alusión al puente entre el pesar, el pasar y el pensar que desde siempre ha imanado la escritura de los poetas. A partir del nombre de la elegía a Diótima se inscribe a Hölderlin, un “violín obligado” celebra a Joaquín Giannuzzi, la “paciencia pobre de solemnidad” recuerda sobriamente los gestos creativos de Emily Dickinson, o un giro celebra el movimiento satírico de un poema de Sor Juana, mientras la cita sin comillas de la frase “umbrío por la pena”, reinscribe la “Elegía” a Ramón Xigé de Miguel Hernández, y la repetición del verde abre puentes con los romances que reverencian la  libertad de García Lorca; y las recurrentes tensiones en torno del hebreo, el árabe, y el ladino recuerdan en el uso del voceo impulsos de la fe negativa, conjugada a tierra, en “Citas y Comentarios” de Juan Gelman.  

Abertura de la pluralidad del habla que pareciera ser tan extasial como infinita, hasta que irrumpe el territorio anhelado del estancamiento, “la cortadura del desastre”, el gozoso detenimiento que trenza, una y otra vez, en la reminiscencia promisoria las zonas beatíficas de la vida con la biblioteca. Un lazo  que en lugar de proponerse como modelo unívoco o ejemplar, trae al presente, por el contrario, un punto cardinal, multívoco, arrancado desde atrás, como quería Paul Celan, es decir, la promesa del terso cauce de la voz cuando aquella es el fruto de la ordinalidad.

En esa orientación lejana respecto de la pureza, es decir, atravesada por el dolor, las alarmas nocturnas, el sueño triste de la especie, la muerte agazapada, se vuelven a nombrar todos y cada uno de nuestros más intensos renaceres. Se nos vuelve a decir que escribimos y leemos poesía para resguardar la íntima  pertenencia a la tierra de nuestros padres, para cuidar lo más querido en la descendencia, los valores incandescentes que han estado allá y acá, desde siempre, allí donde un creador se alza por sobre los demás para invitar a reconocer los gestos creativos más simples, cotidianos, o para realzar el favor de hablar con prudencia, o replegarnos hasta las zonas del “tesoro de entraña”. Es decir hacia la intimidad que podemos compartir a condición de seguir lo escrito por los poetas.  

Por esas líneas que dadas al cántico espiritual de lo necesario, cavan, lavan y bajan las letras: lo más sagrado a una cotidianeidad enriquecida curiosamente por la aspereza, por la desnudez, el color y el calor del sabor. Especias que desde la dimensión entrañable hasta los ámbitos impregnados por la absoluta extrañeza hablan del retorno de la especie construyendo el cuerpo arcano del poema, el que “tiembla” hasta “dar a la mar”. El paso oceánico del decir que a expensas del quehacer de la escritura paradójicamente deviene “amarre de barcos”, o “estaca de parte del mundo”.

Una costura, nada más que una bordadura dibujada por la aventura verbal de cada texto contra el telón de fondo de la experiencia de las palabras ya dichas, en el retorno infatigable de la biblioteca. Aquello que de la voz deviene lúcido, cuando es capaz de salir de sí sin estridencias, en el ahuecamiento y abismamiento de los nombres, consagrándose a una apuesta por la organicidad de cada texto al tiempo que al quebrantamiento de aquello que de él está destinado a devenir para el alma, una gema.

Porque este libro que responde programáticamente a varias de las afirmaciones formuladas por Paul Celan en la disertación pronunciada en 1960 al recibir el premio “Georg Büchner”,   habla del campo de resonancia que existe entre la nominación y la partida; el diálogo con la ausencia, la casi extra-terrena, por excesivamente terrenal, nostalgia que nos atraviesa cada vez que interrogamos el destino, cuando somos capaces de esperar en acto que nos alcance algún meridiano.  Es decir, el trabajo de la luz a la hora en que la palabra separa para reunir en otra dimensión o enfatiza el valor de aquello que imana la lengua, la cenitalidad del tiempo desde siempre teñido por la oscuridad, breve y leve, en sus varios matices, perturbado desde el comienzo por la fuerza que genera el encuentro.

Cada poema, entonces, según se nos dice, es un “cesto de la travesía”, un parte de enlace y un tesoro de entraña, despojado de urgencia; puesto que se trata, de un habla  que tras el peregrinaje deviene estancia en el “nombre claro” , morada constelada: “ Triste sueño/ De trastornar la cuerda del planeta/ Así encontrás de nuevo lo que diste/ En cada interrupción///// En cada nombre claro”.

Una vía de unidad que paradójicamente es de absoluto corte, trágicamente movilizada, a veces, por la desgracia.  Una respuesta incisiva en las zonas donde el decir debe nada más ni nada menos que acceder a la posibilidad sublime de abrir los puentes hasta cortarlos de nuevo, esto es: cuidar de los lazos como genuina, eficaz respuesta ante el mapa del poder que sólo es capaz de generar la muerte en términos de sangre.

Escribe  Susana Romano “ Estos son los partes de enlace entre el decir de los poetas, de aquí y de allá, de antes, de ahora, y de después. Es la poesía resistiendo la tinta sangre que ordena el mapa, en el esponsal infinito que restaña, prohija, y nos hace hablar entre nosotros”. 

La poesía, según se nos dice, es la puesta en acto de un habla que en el límite de los nombres permite estancar la muerte, y contra la muerte prohijar, compartir pensamientos, cuidar la posibilidad de hablar. Una reacción viva, un  “cambio de aliento” frente a tanto “alambrado” impuesto por las clasificaciones que imponen los nombres hasta los tabiques del prejuicio. Un grito despojado de epicidad y de heroicidad que se construye en contra del encierro, las formas del sometimiento, la victimización de los seres humanos, y en donde es posible disipar la contrariedad, en el arrullo continuo del movimiento. Sí, entre los umbrales innombrables del corazón”, donde nos es confiada la única luz, como afirman unas líneas del poema “Otoño” de Paul Celan, traducidas por Pablo Ascierto

Como tal, este libro abrirá el trabajo incandescente de las huellas de un viaje, las preguntas que persisten en las marcas del deseo visceral, su retorno desde ahora pulido de gravedad,  en las frases destinadas a mover y a hacer crecer  nuestra sensibilidad.

Será desde ahora, una  auténtica caída desde la reminiscencia de los textos canónicos a las acciones comunes. Pobres de solemnidad,  y por ello mismo generosas en el ademán de auscultarnos el rostro ignoto. Estos poemas dicen que somos seres del lenguaje, del silencio, de la costumbre cándida de ser prudentes, vienen a recordarnos que debemos estar dispuestos a amar en serio, a ser empuñados por el guión de los recuerdos y a dejarnos arrebatar por la constancia de las fuerzas: por la intensidad con la cual, más allá de los gestos inmediatos, late  la porfía de imaginar cada día... 

Claudia Caisso
texto publicado en "Hablar de poesía" nro. 12, en
2005

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