POESÍA


 

 

 

Algesia
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Ediciones Tauro
Madrid
2000


Comentarios
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· Comentario de M. Teresa Andruetto 
· Presentación del libro
 
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Comentario de María Teresa Andruetto

La suya es una poesía de alta performance intelectual, que tira abajo el mito de la escritora intuitiva e instala el escribir como una construcción hiperconsciente. No renuncia a los tópicos de la cultura doméstica, sino que se sirve de ellos y hace que palabras asociadas a lo privado y a las mujeres, truequen su valor doméstico para decir una estética, de modo que el cuidado hasta la exasperación y el oficio llevado a su esplendor, aproximen el hacer poesía a los haceres minuciosos de la casa, que han sido tradicionalmente territorios del detalle. Obsesividad artesanal, donde los modos y las destrezas heredados de los otros sostienen a la oficiante y a su oficio y le sirven de instrumento.


Una cierta geometría de la palabra, un afiatado sentido de las proporciones, las equivalencias y las analogías, un orden que busca simetrías y refractaciones, conforman un estilo que es a la vez un desarrollo exasperado de lo racional y una mirada intensamente pasional de la escritura y de la vida. Se trata de una escritura compactada que ofrece resistencia a dejarse interpretar  en una primera lectura y propone una operación de esfuerzo que constituye al mismo tiempo su belleza.


La puesta en circulación de palabras en desuso, registros que oscilan entre lo arcaico, los neologismos y los lenguajes técnicos, traen a la página cierta suntuosidad. Así el sentido se  deja arrastrar por los sonidos y es la materia misma del lenguaje, el espesor sonoro de las palabras, lo que aporta sentidos ocultos, superposiciones significativas. Ejercicio similar al de la traducción, en tanto actividad que exige entrar en otra cosa, penetrar en lo ajeno, descifrar un léxico, una gramática, un arrastre que fluye por debajo o entremedio de lo dicho.


Se trata de la poesía como un oficio despiadado, un oficio que consiste en burilar la palabra como la piedra, para cavar en el esplendor del lenguaje hasta encontrar  el dolor, el temblor , la denuncia.

(María) Teresa Andruetto

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Presentación del libro.
30/8/2000. Biblioteca Córdoba

Un poema es una obra difícil... un enorme trabajo de reajuste
y compensación...
Con un poema uno no quiere resultar agradable, gustar; el poema ha de poner en tensión y excitar el cerebro, rasgarlo, irrigarlo, hacerlo creador.

Hacer poesía significa tratar con palabras como se trata con piedras, con  piedras desnudas, ¡un quehacer despiadado!

He tomado, para comenzar, estas reflexiones sobre la lírica, hechas por Gottfried Benn, porque remiten a una concepción de la poesía que comparto, y que sostiene este libro y la producción toda de Susana Romano: la construcción del poema como un esculpir en la letra, y la escritura como un trabajo sobre la materia, más próxima a la plástica que a la música.

Algesia  es, en su sentido más estricto, una poética del dolor. Es el quinto libro de poemas de Susana
(detrás de Verdades como criptas, El corazón constante, Escriturienta y Nomenclatura/Muros), y constituye a la vez que una continuación progresiva de todos ellos, un libro diferente – sobre todo por su tratamiento- de los anteriores, que cierra un ciclo y abre su poesía hacia otros vértices.

En él regresan una vez más los temas de sus otros libros: la herencia, la ley, lo que mantiene unida a la grey, la condición de judía, el holocausto, la memoria y la desmemoria, la palabra como sanación, la escritura como oficio, lo que enferma y lo que cura, el sacrificio, lo circular, la labor y la letra, a la vez que se agregan o intensifican los objetos, la persistencia en los ritos funerarios, el cuerpo como recipiente, el vacío, la lucha pertinaz contra la nada, y el cáncer.

Ella es la reina del dolor/llora en abundancia/más que nadie// Ella es la dictadora del dolor/ la dueña del gemido y del analgésico/ se apoya en su propio trono/ aullando sobre los títulos del sufrimiento// Es la antagonía del cangrejo:/una cuerda perpetua/ una armonía con el nombre// Él amante gestiona el socorro/ y ella enjuga la sangre/ en un paño de otro tiempo.// El es el siervo del dolor/ el súbdito de la lamentación/ bebe los llantos y ausculta la queja/ poda los brotes de algesia/ y los pone a criar en otro suelo.//Pero el dolor allí va/ el dolor no tiene dueños/ se desata las correas de la reina y el siervo/ y ambula sin frenos por las ideas de los deudos//
dice en el poema que da título al libro.

Ya desde su título, Algesia como territorio del dolor y también como lugar donde algo existe, lugar opuesto a la nada, el libro trabaja intensamente sobre lo ambiguo, esculpiendo el poema en esa materia resistente que es la palabra y en las correspondencias y los corrimientos entre sonidos y sentidos.

Así, desde la primera línea:

Pharmakon: remedio, veneno,

las palabras se bifurcan, se muestran por el anverso y el reverso, porque lo que cura es lo mismo que lo que enferma, y porque el siervo del dolor poda los brotes y los pone a criar en otro suelo.

Si hay un carozo, un corazón, en esta Algesia, ése es el duelo por una muerta:

Dos yacijas:/ su cama de manta rayada,/ su caja funeraria,/ las coronas de flores/ prohibidas por la religión,/ el espejo del corredor tapado con una tela floreada.// Y la caja.// La caja y la cama...

El duelo por la madre muerta y una lucha contra la nada, contra el vacío del cuerpo vuelto cosa sin alojo, sin huésped.

A quién le habla uno, al cuerpo, al huésped.

Hay en el dolor tal y como aparece en la poesía de Susana, un desarrollo vital; quiero decir, propio de la vida. Tiene cría, tiene brotes, germina en otro suelo, en otros deudos, se ramifica como una medusa o como un pólipo y a la vez la muerte crece en la vida, germina y se propaga hasta consagrar lo que ella llama la victoria del cangrejo. Frente a esto, el ritual es, casi podríamos decir que como la escritura, una fuga, un analgésico, y en uno como en otra están el oficiante y los oficios.

Algesia se compone de cinco partes: la potencia agotadora del dolor en los primeros cuatro poemas, se remansa un poco, si es que esto es posible, en Conjunto y en Sentido, vuelve a su condición tremenda, entre la denuncia y lo profético, en los veintisiete poemas de Utensilios y regresa como una coda en Los Amantes, que entibian las adormideras de los niños que les van naciendo, ofrendan a los nuevos los documentos de las dichas de antaño, rehacen los pactos que han sido violentados y dan sentido a la estadía en este mundo, repitiendo los motivos del libro en otra clave, ofreciéndose como una resignación, como un duelo que se sutura.

La ambiguedad es el territorio sobre el que Susana construye, con un oficio perfeccionado hasta el extremo, los caminos del poema, de modo que todo es lo que es y es otra cosa, con frecuencia su contrario, porque hay un permanente poner en cuestión las palabras, los conceptos y los lugares comunes de la cultura.

En ese territorio es intensa la designación de las labores como punto de partida del acto de escribir, referencias a un hacer de mujeres que se modifica por sentidos inesperados. Se trata de una poesía de alta performance intelectual, que no renuncia a los tópicos de la cultura doméstica, sino que se sirve de ellos para hacerles decir otra cosa
y tira abajo el mito de la escritora intuitiva, de la que escribe sin conciencia de sus recursos, e instala el escribir como una construcción hiperconsciente, aviva la idea de escritura como faena, como labor, cosa que está también en la frase de Benn que he utilizado al comienzo. Un trabajo con las palabras y una concepción de su hacer que en algún punto se asemeja a  las poetas neobarrocas, especialmente a Tamara Kamenszain.

De este modo, con la utilización metafórica de elementos afines a las labores de mano, a la costura sobre todo, ella hila una cadena significativa asociada con lo privado y con las mujeres, que trueca sus valores domésticos para decir una estética. Así atar, unir, anudar, bordar, ensartar, aparecen como metáforas de la escritura
y de la vida. El cuidado del detalle, hasta un punto exasperado y el oficio llevado a su esplendor, aspectos tan presentes aquí y tan caros a la escritura, aproximan el hacer poesía a los haceres minuciosos de la casa, que han sido tradicionalmente territorios del detalle.

Pero la vida como labor, la escritura como labor, no está sólo en el poema. Los ritos funerarios hechos por las mujeres de la comunidad, la escritura como rito, lo que se lava, lo que se limpia, lo que se cubre, lo que es desgarrado por el oficiante, son también labores.
Y la madera asediada, el nudo del canasto o del rebenque, el hilo con que se trenza la pena de muerte, las instrucciones bordadas al sesgo, el signo que se tacha, todo remite al entrenamiento, a la disciplina, al oficio. Esto y lo que funciona con un desarrollo vital, lo que se cría, lo que se empolla, lo que da albergue y cuidado, lo que abre el ala para el refugio, lo que entibia las adormideras de los hijos que van naciendo, todo ese hacer minuciosamente relevado, se ponen al servicio de otra cosa, adquieren su sentido metafórico pleno porque se está hablando de los que han perdido todo menos la destreza del bastidor, la seda y las agujas, porque se habla de una lucha pertinaz contra el vacío, porque como ella dice y no creo que pueda ser dicho con expresión más plena, no con otra cosa sino con este huso se escribe en la tradición de la tela.

Todo esto genera en la escritura una obsesividad artesanal, donde los modos y las destrezas heredados de los otros y de las otras sostienen a la oficiante y a su oficio y le sirven de instrumento. La escritura entonces, como faena, y la labor como matriz de la escritura y de la vida. Como en el poema titulado Sarta que pertenece a Conjunto:

Voy por el hilo//un tiento recién curado entra en el mundo//Cuentas/madre/perlas//el tornasol del comienzo anuda el desenlace

La palabra sarta que significa conjunto, serie de cosas, pasadas una tras otra en un hilo o cuerda , designa a la vez el acto de ensartar en el hilo las cuentas. Sarta de cosas que se ensartan, podríamos decir. Pero yo no puedo olvidar que sé que el nombre de su madre fue Sara y que hay apenas una letra de distancia entre sarta y Sarita y entonces, todo cierra: el conjunto de cosas que se ensartan en el hilo de la vida, entre la madre y la hija, y entre el nacimiento y la muerte, el comienzo del lazo y el desenlace. La madre cuenta perlas, la vida ensarta cuentas, madreperlas, las cuentas que se pagan  y las que destellan, entre el cordón del nacimiento y el nudo de la muerte.
Hay también en Algesia  una cierta geometría de la palabra, un sentido de las proporciones, las equivalencias y las analogías. Un orden interno que busca simetrías y refractaciones y conforma un estilo que es a la vez un desarrollo exasperado de lo racional y una mirada intensamente pasional de la escritura y de la vida, de un modo que por momentos alcanza lo profético:

Con esta sangre se ratifica la fatalidad de la estirpe/ y se pone en marcha la máquina de la tragedia.// Los pétalos sangran sobre un terciopelo de santos/ y adornan lustrosos la arista interior del libro íntimo/ y la sangre perla las sienes de los violentos contra sí mismos// Con esta sangre se paga la deuda de la generación/ pero no se paga toda// la deuda siempre es más grande que el pago.

Con esta sangre se paga la deuda de la generación, con esta resaca se confunde la cifra de la asfixia con la cifra del pavor, con este llanto se empapa todo tiempo pasado fue mejor, con esta mano se da menos, con este aliento se agita la esperanza de sostener un fuego que no está en el hogar, con este rencor no se va a ninguna parte que no sea a la semilla del rencor, con esta trampa se cambia la apariencia del saldo de la deuda de la generación, con este huso se escribe en la tradición de la tela, con esta memoria se empolla la letra y se cría el deseo de contar.

Se trata de una poesía compactada por así decirlo, que ofrece resistencia a dejarse interpretar cabalmente en una primera lectura; por eso es, creo, ya un tópico, decir que la escritura de Susana es de difícil acceso. Y es verdad, a la vez me parece que es esa operación de esfuerzo que nos propone, esa resistencia que su palabra nos ofrece lo que constituye su belleza, la de una poesía que – como lo quería Gottfried Benn- ponga en tensión y exite el cerebro hasta rasgarlo, hacerlo creador. Una poesía que soporta una y otra vez la relectura, y en la que la inteligencia entrenada hasta su extremo, es la cobertura del dolor, del temblor, de la denuncia.
Pero hay tajos, hay llagas, parece decirnos también su poesía, cuyos bordes no pueden ser cerrados. Y por ellas mana un flujo denso, en el que el dolor no puede ser medido:

Silban el estribillo en el cantón/ tañen en la glosa dos cuerdas/ cinco tonos/ pentaton y pentotal/una melodía de larga data se mete en el tímpano/ el pequeño martillo da en los huesos/ y agolpa los compases del silbo y el aliento en el pabellón de convalescer// un hogar ancho para el amparo del cangrejo/ fugas,/ fugacidades de cantiga/ en partidas desiguales...

mana desde una forma apolínea, para una entraña  oscura, resistente y residual, propia de Dionisos.

A veces, nuevamente como en la estética neobarroca, el sentido se construye y se deja arrastrar por los sonidos (hebillas y semillas, pentaton y pentotal, fugas, fugacidades de cantigas, ocre, lacre, acre, más acre, la cifra del miedo no es digital, no es dígito ) o mejor, es la materia misma del lenguaje, el espesor sonoro de las palabras, lo que trae a la página sentidos ocultos, superposiciones significativas de modo que una cadena significante aluda por lo menos a dos significados, uno de ellos más ausente, más replegado. De este modo, la escritura del poema propone un ejercicio similar al de la traducción ( un territorio elegido por Susana), en tanto actividad que exige entrar en otra cosa, penetrar en lo ajeno, descifrar un léxico, una gramática, un arrastre que fluye por debajo o entremedio de lo dicho. Se trata de la traducción como vía de acceso al sentido para una escritura que, como decíamos, demanda esfuerzos,  requiere que el lector descifre, desmonte, remonte, alteraciones y bifurcaciones de estructuras, de sonidos, de sentidos, provocados para dejar que lo oscuro entre a escena y el poema se abra a regiones extrañas, extemporáneas, entrelazadas entre sí como en una red.

También ciertos registros de lenguaje que ella utiliza traen a la página lo extraño, lo extemporáneo. Registros que oscilan entre lo arcaico, el neologismo y los lenguajes técnicos: yacijas, sextil, digital, tótem, gorgonas, narcotizan, grey, analgésico, talego, cuadratura, sesgo, bastidor, coreografía, reiki, cantigas, escanceo, pentaton, pentotal... marcan una puesta en circulación de palabras en desuso, o de escaso uso en poesía, en un espectro de lenguaje que trae cierta suntuosidad, así como los ecos de una raíz culterana donde las ideas que se retruecan son el corazón del poema que tuerce los sentidos.
Todo el libro hace una apuesta a la palabra trabajada como se da vida al mármol. La poesía como un oficio despiadado, como lo quería Benn, un oficio que consiste en burilar la palabra como a la piedra, para cavar en el esplendor del lenguaje hasta encontrar el magma oscuro
y también la magdalena, aquel bizcocho que, como decía Raúl Dorra, no hemos necesitado paladear porque nos ha bastado con leerlo.

María Teresa

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